UN PAISANO. Por Diego Crespo

13 de Junio de 1993 Real Oviedo 3 - 3 Deportivo 15" Carlos 27" Gorriarán (p.p.) 41" Bebeto 60" Vinyals 71" Carlos 72" Bebeto

A principios de los 90 la llegada del periodo estival significaba cierta despreocupación horaria, y salir a dar paseos con mi abuelo se convertía en lo más emocionante que me podía pasar. Juntos nos recorríamos Oviedo entero, uno a pie y el otro a lomos de una BMX azul Oviedo cargada de pegatinas. El reto solía estar en ver lo lejos que podíamos llegar para evitar que la parte femenina de la familia se apuntase al plan y así poder hacer lo que nos viniese en gana hasta la hora de la cena. Hoy lo llamarían micromachismo, de aquella era un plan de hombres y yo me sentía todo un adulto solo con acompañarle mientras iba saludando a sus amigos.

Algunos días el hombre prefería quedarse por el barrio, ahora dudo si sería por cansancio de andar siguiendo a esa bicicleta, o por el mero hecho de que le gustaba más San Pablo de la Argañosa de lo que le podría gustar a cualquier párroco polaco destinado a la pseudo soviética iglesia que aún manejamos en el barrio.

Aunque el decorado fuese más conocido por mi parte, aquellos paseos eran igual de emocionantes que los que nos llevaban hasta Fitoria. La primera parada era frente al colegio Nazaret, allí se encontraba y sigue encontrando “El Granero”, la tienda de animales del barrio donde los niños solíamos ir a ver los perros y gatos, y cuando la ocasión se terciaba intentábamos convencer a nuestras madres para comprar un hamster, cosa solía ser todo un acontecimiento en la clase. Mi abuelo conocía al dueño y solía charlar con el antes de ir a la siguiente parada del paseo.

Lo que a día de hoy es el edificio junto al centro de salud de La Ería, antaño era un terreno que pertenecía a la empresa de autobuses “El Chabolero”, allí mi abuelo seguía la ronda de saludos al dueño y se juntaba con la cuadrilla.

Una vez terminados los agasajos, los septuagenarios enfilaban Alejandro Casona, en ocasiones subía con ellos a pie, dejando caer de vez en cuando que la BMX no estaba hecha para las cuestas de Vetusta, y que con una bicicleta de 21 velocidades sería capaz de subir el Naranco siguiendo la estela del mismísimo Tony Rominger.

Como en la gloriosa tarde de 1993, en la que el suizo atacó bajando la Cobertoria en mitad de la lluvia, con maillot amarillo enfundado, y dejando atrás a un Alex Zulle que acabaría por los suelos y perdiendo la vuelta a España en aquella cuneta llena de ortigas. Mientras, en el Naranco la información de un Rominger en fuga, pedaleando en su casa adoptiva y con opción de llevarse la vuelta llegaba por las radios. Verle pasar como una exhalación por Santa María del Naranco fue una de las mayores gestas deportivas de las que he sido testigo, quizás fuese un presagio, ya que de gestas deportivas precisamente no iba a ir mi vida.

Al final de Alejandro Casona, justo donde hoy se encuentran las escaleras de acceso al Carlos Tartiere, de aquella un amigo de mi abuelo tenía una pequeña huerta con una modesta pero robusta caseta construida por él mismo. Aquellos ancianos no eran del tipo de los que les gustase pisar bares, es más, decir de alguien que frecuentaba mucho los chigres era lo más parecido a un insulto que se podía escuchar salir de la boca de aquellos hombres. Su único vicio era verse para contar historias, por lo que ir a la huerta y ayudar en las reparaciones era unas de las aficiones de la pandilla ya que entre todos dedicaban buena parte de la tarde a mejorarla poco a poco. Ese tiempo que dedicaban a sus quehaceres yo aprovechaba para irme en bicicleta por los alrededores junto otros niños del barrio. Siguiendo unos caminos de gravilla, y pasando por el antiguo campo del Astur se podía bajar a la antigua fábrica de ladrillos, hoy templo del fútbol mundial, allí solíamos evitar las charcas y el barro que las rodeaba, y a continuación pasar de largo las chabolas de gitanos para evitar problemas en caso de encontrar a otros infantes, y ya si los gemelos aguantaban la ausencia de piñones, y la motivación estaba al nivel de un corredor del Clas Cajastur llegar hasta La Gruta que era el final del recorrido para luego volver bajando a toda velocidad por Avenida Galicia.
A veces, al volver de mis carreras los ancianos seguían de charla y me tocaba esperar que la tertulia acabase para volver a casa a descansar como los ciclistas profesionales con un buen Gatorade como los de Gianni Bugno.

Fue una de aquellas tardes cuando escuché la expresión “ser un paisano” por primera vez. Como decía la ausencia de maldad de estos hombres era tal que no por ser yo menor se cortaban al hablar, sino que todas sus historias solían girar entorno a elogios hacía otros que ya no se encontraban entre ellos.
Como es habitual en un nieto, las historias ya eran en su mayoría conocidas, pequeñas gestas de sus tiempos mozos que seguían rememorando con ilusión. La historia como un flamante Pontiac abrió paso a la mismísima Guardia Civil por un pajares cubierto de nieve. Los kilómetros que tenían que recorrer de pequeños para ir a la escuela. Lo absurdo de una guerra entre hermanos y como aquello cambió sus vidas. Aunque yo no entendiese todas las historia poco a poco se iban grabando en mi memoria, y cuando surgía una nueva solía despertar más mi atención.
“Ese si que era un paisano” dijo mi abuelo hablando de un amigo fallecido. Mirando los gestos de asentimiento de los parroquianos no necesité que nadie me explicara el significado, y menos aún se me ocurrió preguntarlo, ya que entendí al momento que un paisano no lo haría, y desde ese momento yo quise ser un paisano. Como ellos.

Como la ciudad, el barrio seguía creciendo a pasos agigantados, y al verano siguiente ni el terreno de “El chabolero” ni la huerta estaban donde los habíamos dejado. Los abuelos vieron en los centros sociales que no paraban de surgir en cada barrio su nuevo sitio de reunión, y los niños, ya más crecidos nos íbamos al Parque Purificación a cronometrarnos las carreras en bicicleta.

En septiembre, mi abuelo llegó a casa con varias entradas para ir a ver al Real Oviedo. Se las habían dado en el maldito centro social, y esa mala costumbre del alcalde supuso que ese año no me sacasen el carnet de socio, ya que a todos les pareció una tontería gastar el dinero pudiendo ir al fútbol con las entradas de los abuelos a cargo de Gabino. Mejor hubieseis traído un cocker de esos que regala el alcalde pensé, ya que los hamsters de “El Granero” no solían ser muy longevos.

Ese verano al termino de mi particular temporada ciclista volvió el fútbol, el inicio de la liga lo marcaba la colección de cromos, las bicicletas quedaban aparcadas y en Pedro Miñor se formaban grupos de niños intercambiando a las estrellas de la liga. Ese año a causa de las entradas gratis del centro social, los partidos los alternaba bien acudiendo con mi madre y algunos compañeros de clase o bien solo con mi abuelo. Cuando iba con mi madre, lo pasaba genial, todos los de clase nos abrazábamos a la valla mientras los adultos nos controlaban desde atrás. Pero al final con tanto amigo poco veía del partido, y me pasaba los 90 minutos haciendo aviones con la hoja azul o tirando pipas al juez linea, a mi lado solían estar Sheila, Pepi, Dani e Ivanin. A día de hoy los que pueden siguen acudiendo al Carlos Tartiere, aunque sea otro Carlos Tartiere y no exista una valla de acero verde a la que abrazarse.

Los días de partido que iba con mi abuelo solía ser como cuando nos íbamos de excursión los dos solos. Mi abuelo no fumaba puros, no llevaba bufanda y menos aún insultaba a nadie, cosa que me extrañaba viendo a otros de su edad exaltados en la tribuna, con el paso del tiempo entendí que a mi abuelo le daba igual el fútbol, quizás en sus tiempos mozos adquirió la costumbre de no dejarse llevar por las emociones o arengas de otros.
Cuando las climatología lo permitía y no había otros niños de mi edad recorríamos el lateral presidencial siguiendo el ataque oviedista para ver lo más cerca posible los goles. Lo más divertido era la segunda parte cuando el mágico Real atacaba hacia el mítico Fondo Este. A la altura de los banquillos él ya decía que desde ahí se veía bien, pero yo insistía en acercarnos más a la turba, y él acababa cediendo hasta la esquina de Chiribis. Yo abrazado a la valla sin apenas ángulo de visión que no fuese la portería rival y el Fondo Este en su totalidad veía el partido a través del rectángulo de acero verde, el cual servia para trepar con facilidad en caso de celebraciones o protestas. Unos peldaños por detrás con algún conocido o simplemente en soledad, esperando el pitido final para llevarme a casa e indiferente al partido siempre estaba mi abuelo.

Durante años mi amigo Antonio Bernardo me tachó de fantasioso cuando le confesé que años después, al ver una fotografía de aquellos años 90, creí reconocerme en el niño que como en “La creación de Adán” de Miguel Ángel buscó la gloria, y la eternidad intentando unir su mano a la de Carlos aquella tarde cuando el de Úbeda marcó su gol 100 vistiendo la zamarra oviedista ante el Real Madrid en el último minuto.

No soy de los que graba a fuego los detalles, los que narro en este texto son prácticamente todos los que tengo de aquellos años, por lo que realmente no recuerdo aquel momento, no se si la emoción lo borró, si no ocurrió y al ver la foto me reconocí o quise reconocer, o si directamente todo fue una traición del subconsciente. La cazadora del niño era idéntica a una que yo tenía, pero igual que la de cientos de niños, el pelo de ardilla también, pero era el corte habitual de aquellos años… no tenía forma de saber si lo que podría ser uno de los momentos más importantes de mi vida había sido verdad o me lo estaba inventando.

A día de hoy sabría reconocer la valla original del Carlos Tartiere aunque me diesen mil tipos diferentes a elegir, y sabría identificar todos los olores de aquél estadio. Los pasillos, el olor a puro de alguien situado filas detrás de mi, el momento en el que los aspersores se encendían y el césped se convertía en un perfume que flotaba por el aire impregnándolo todo, incluso su antónimo, que era la montaña de césped seco y medio podrido que a veces se podía encontrar en la bocana del corner visitante, todo ello podría reconocerlo si los olores pudiesen grabarse, pero en cambio otros momentos se me han olvidado o descansan a la espera que los recuerde algún día. No sabría decir con quien me abracé en ningún gol de nuestra historia, fuese en un amistoso o en un ascenso, y menos aún saber si era yo aquel niño. Hay quien no duerme por no poderse mirar al espejo, a mi hay noches que son estas preguntas las que no me dejan conciliar el sueño.

Con los años conseguí una bicicleta de 21 velocidades pero dejó de apasionarme el ciclismo, comencé a estudiar fotografía y mi sueño entonces pasó a ser llegar a cubrir para un gran periódico una eliminatoria europea del Real Oviedo en el extranjero. Lo tuve al alcance de la mano una vez que fui de enviado especial a Palencia, el año del gol de Nacho Fradejas en el último minuto. Pero en el Principado no podía hacer mucho más y decidí emigrar para convertirme en leyenda urbana. La historia de la icónica fotografía de Carlos sentado en su trono de acero quedó aparcada durante años, nunca más vi otra toma que pudiese revelar ese misterio que me atormentaba.

Con la creación del colectivo Real Oviedo Culture Fans, y como fotógrafo y amante de la mitomanía, decidí colaborar sumergiéndome en tiendas de anticuarios y colecciones privadas buscando un santo grial oviedista. Una imagen, un objeto, en definitiva icono oviedista para la eternidad. En ocasiones encuentro cosas, en otras directamente pierdo el tiempo, pero la alegría de encontrar objetos como el pasodoble original de Lángara, o unos negativos inéditos del Real Oviedo – Génova compensan el tiempo perdido y el dinero gastado en adquirirlos.

Hace unos meses un golpe de suerte llegó en forma de una colección de fotografías inéditas. Desde Real Oviedo Culture Fans se han ido mostrando poco a poco con la intención de salvaguardarlas pero a la vez mostrarlas al resto de la familia oviedista, la mayoría datan de los años 90, algunas se encuentran en forma de pegatinas tamaño DIN A3 en el fondo Norte, por si alguien no las ha visto. Y aunque quedan joyas por mostrar para mi solo hay una, que fue la que me dejó de piedra al verla.

13 de Junio de 1993
Real Oviedo 3 – 3 Deportivo
15″ Carlos
27″ Gorriarán (p.p.)
41″ Bebeto
60″ Vinyals
71″ Carlos
72″ Bebeto

No era la sonrisa pícara de Carlos celebrando su gol con los brazos en alto. Al fondo, aún en foco por la distancia focal de la imagen se apreciaba al público celebrando el gol, y a un anciano de altura considerable impertérrito mirando al futbolista como quien ve a un vecino sacar al perro a pasear. Era mi abuelo. Tras asimilarlo comencé a buscarme, y cómo no, me encontré en la valla, subido unos palmos, con el puño cerrado compartiendo la alegría de uno de los mejores delanteros de la historia del fútbol español. Si Calamaro apretaba los dedos, se agarraba y le daba su vida a ese paravalanchas del Estadio Azteca, si cuando era niño se quedó duro al conocer ese estadio es porque nunca celebró un gol de CarlosGol abrazado a la valla del Carlos Tartiere.

Durante casi una hora miré cada detalle de la fotografía comparándola con la histórica de Carlos sentado en la valla. No tenía sentido, esa esquina no era la de Chiribís. La valla de la izquierda de la fotografía encontrada, tras consultar a compañeros delata que se trata del corner Noreste, al cual fui muy pocas veces dada mi devoción por estar lo más cerca posible de la zona de “coros y danzas” del Fondo Este. Finalmente encontré el resumen del partido, ese partido contra el Real Madrid en el que Carlos con un remate marca de la casa anota en el último minuto para fijar el 3-2 final, consagrar su leyenda y desatar la locura en la grada del Carlos Tartiere. Precisamente en el resumen vi como Carlos no va a la zona de Chiribís donde siempre pensé que era la foto, sino que va a la esquina opuesta, esa en la que en contadas ocasiones recuerdo haberme situado, pero antes de llegar al banderín el resumen se corta. Seguiré buscando detalles, pensando si lo soñé o era yo. Si era una esquina o la otra. Si era la de Chiribis… ¿como demonios iba a haber alguien con una bufanda del Madrid como se puede apreciar en la histórica foto? No se si algún día encontraré otra toma de esa imagen, si conoceré a alguien que me diga que era él ese niño y no yo, o si Antonio Bernardo al ritmo de “hace calor” me invitará a una cerveza tras estos años de discusión.

La verdad es que ya me da igual, el mero hecho de haber iniciado esa investigación sobre la fotografía me llevó a encontrar una mejor, una en la que aparece el mejor paisano que conocí, Alfredo Crespo.

No se si este texto está influenciado por haber leído “saliendo de la calle oscura” del amigo Sergio Cortina, donde es imposible no verse reflejado en muchas de sus anécdotas, que lógicamente han despertado muchos recuerdos que creía olvidados.

Creo que viene por el anuncio de que será Anquela el próximo entrenador del Real Oviedo. El hombre tiene cara de ser un “paisano” y al igual que el libro de Cortina me trajo recuerdos olvidados, el rostro de Anquela me ha traído estos, quizás en unos años otra fotografía me devuelva otros, pero este viaje que es seguir obsesionado con esa fotografía siempre me recordará las tardes de fútbol en las que mi abuelo me llevaba al Carlos Tartiere sin quejarse, como haría un paisano por su nieto, y si algo aprendí de mi abuelo es que en la vida hay que ser paisano, el resto viene solo.

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