Nuestra historia y Lángara. Por Pedro Zuazua

IMG-20150516-WA0000Pedro Zuazua es un filólogo reconvertido primero al periodismo y después a la comunicación. Trabaja como Director de Comunicación en Prisa Noticias. Desde que tiene uso de razón, sólo se ha perdido un partido del Real Oviedo estando en la ciudad: un Oviedo-Murcia. Le habían castigado por esconderse para ver en Estudio Estadio los goles que el equipo azul había marcado el domingo en el Sánchez Pizjuan. 

Twitter e Instagram: @pedrozuazua



langara02pEs duro aceptarlo, pero no queda otra. Nunca veremos jugar a los mejores futbolistas de la historia de nuestro club. Aunque lo estén haciendo ahora, aunque estén por venir. No es que no los vayamos a ver, es que no seremos conscientes de lo que está pasando. Sólo el paso de los años y la memoria colectiva otorgan ese nivel. Es decir, puede que Carlos, Jokanovic o Berto (por nombrar una generación) se incorporen ahora al imaginario colectivo de los grandes jugadores, pero mientras los disfrutábamos, tal vez por aquello de vivir en el presente, no pensábamos en si trascenderían o no. Y sin embargo, si ahora me pidieran hacer un once ideal del Real Oviedo metería sin dudarlo, entre otros, a Tensi, Sánchez Lage, Herrerita o Lángara. No vi jugar a ninguno, pero me creo a ojos cerrados todo lo que me cuentan sobre ellos. Y la realidad me da absolutamente igual: prefiero seguir pensando que, como decía mi padre, Sánchez Lage era mejor que Di Stéfano.
Los grandes jugadores son aquellos que siguen jugando después de haberse retirado. Son los que, incluso después de haber fallecido, continuan marcando goles para su equipo. Isidro Lángara es uno de ellos. Porque don Isidro nos ha rescatado del olvido cada vez que alguien ha intentado realizar alguna hazaña en nuestro fútbol.  Los goles de Lángara han sido la cifra a batir durante décadas y eso provocaba que, fuera cual fuera la megaestrella del marketing que pretendía superarla, se las tuviera que ver con el nombre del vasco y el del Real Oviedo.

De Lángara “sólo” nos quedan sus cifras, sus fotos y el imaginario de nuestros mayores, que cuando hablan de él se ponen en modo “Informe Robinson”, llegando a provocar que, quien les está escuchando, maldiga no haber vivido aquella época. Pero cuando uno mira el escudo del club, si se fija bien, tiene algo de Lángara: se puede percibir el olor de aquella tarde en Tolosa, cuando se le fichó. Olía a historia.

Dicen que marcaba goles con todas las partes del cuerpo y que vivió una vida de película (David Álvarez, nos debes un libro). En las fotos que tenemos, podemos percibir una sonrisa con cierto aire de galán de película americana. Y se puede ver en sus ojos la seguridad del gol. Si uno se fija bien verá en su mirada que, aún hoy, te dice que estés tranquilo, que al menos un par de goles caerán. Cosas dd los mitos.

Isidro Lángara tiene una tribuna en el mejor estadio del mundo (casi nada) y, gracias a una nueva generación de Oviedismo que no quiere dejar caer en el olvido la historia de su club, escala día a día posiciones en nuestras taradas mentes. Te puedes pasar horas escuchando las aventuras de Lángara. Pero de entre todas sus gestas, si el hada de Mr. Pentland me diera a mí también a escoger un momento para vivir, me decantaría por uno fuera del terreno de juego. Le pediría salir de casa una tarde de 1946, con una bandera azul y blanca camino de la estación del Vasco. Y allí, ser uno de los miles que obligaron a Lángara a apearse en Colloto el día en que volvía a Oviedo, al Real Oviedo. Y ser consciente de que estaba viviendo y participando en la historia del mejor equipo del mundo, claro.

langarap
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