Contarles a los nietos

Recordaba Osvaldo Álvarez en uno de nuestros vídeos el debut de Lángara con San Lorenzo. Cuatro goles, ni uno más ni uno menos (marcaría 110 con la zamarra de los cuervos), todos ellos en 35 minutos a River Plate, y ante más de 60.000 sanlorencistas en el legendario Viejo Gasometro de Boedo. Así se las gastaba Isidro Lángara Galarraga.

Llevaba dos años en el exilio, desde que se fuera con la selección de Esukadi a recorrer medio mundo, para acabar jugando en México reconvertidos en equipo de aquella liga. Su llegaba a Buenos Aires iba acompañada de un aparente estado de baja forma, que según dicen causó las reticencias en la hinchada. Tras los cuatro goles el debate quedó zanjado.
Tan espectacular fue aquel debut, que hoy en día sigue siendo recordado. Gracias a las crónicas de la época podemos hacer literatura y ensalzar su figura, pero los que lo vieron en directo quedaron tan asombrados que también ayudaron a mantener vivo el recuerdo contándoselo a las siguientes generaciones. Uno de los que presenció tal alarde fue Alfredo Di Stefano, quién recordaría en repetidas ocasiones la impresión que le causó Lángara aquella tarde en Buenos Aires.
Sin duda una historia que todo nieto le gustaría escuchar en boca de su abuelo.

Toda una vida ha pasado, ya no es necesario agolparse en la grada para otear en la lejanía un chut o un gambeteo. Hoy las gestas se miden según la repercusión que tengan en las redes sociales, ya no queda épica, salvo que la cantidad de RT diga lo contrario.

Como el de Pasajes, saltaba Michu al terreno después de largos viajes, un estado de forma en duda y con el peso de las miradas suspicaces.
Pese a los cientos de kilómetros que le separaban de Oviedo parecía que la barra del bar estaría en su nuca, pegajosa como el calor murciano, dispuesta a mirar con lupa cada gesto para cual Cesar alzar o inclinar el pulgar y emitir veredicto sobre el canterano.
Caían las delanteras eléctricas sobre la barra como los goles de Lángara en el Gasometro, sin piedad pero con elegancia. Unos permanecían tan atentos como si de un corner en el Carranza se tratara; poco interés suscitaba para otros el encuentro, sabedores quizás de lo que suele acompañar al mágico Real en estos lances coperos. Pero hasta los más incrédulos no podían evitar esbozar una sonrisa al plasma cuando le veían enfudado en la elástica carbayona.

A más de uno se le atragantó la ilusión justo donde al Real Oviedo, ahí donde empieza el medio del campo, y el pesimismo comenzó a ganar terreno igual que el UCAM, presionando poco a poco, sin dejar hacer. Parecía el gol de Linares un botín de lo más cuantioso teniendo en cuenta lo que se estaba viendo, cuando el fútbol golpeó hasta en tres ocasiones la puerta de Esteban para recordar que el partido duraba 90 minutos, y un detalle puntual no iba a dar la victoria a los de Hierro. En esas debía de andar Michu cuando atento como siempre acudió al rechace para reencontrarse con el gol. No fue bello, no fue una delicatessen, pero un ariete no se anda con remilgos a la hora de percutir redes. Llevaba todo el partido generando un mapa de calor tan grande como el terreno, desesperado en ocasiones por recibir balones acabó cruzando el Rubicon del mediocampo, dispuesto a tener la pelota entre sus pies. Seguía la parroquia, la oviedista, más atenta que antes el encuentro, hasta los más agoreros se encontraban orgullosos de haber presenciado en directo, televisivo, el debut de Michu. Pero el de San Pablo, que aunque no haga gala el nombre, también es un barrio, y tan futbolero como el que más, es un hombre de cabeza fuerte, demasiado para lo que está acostumbrado el Real Oviedo, y a los pocos minutos se abrazó de nuevo con el gol. De forma más bella, más digna de verla en repeticiones, más sentida y pasional, tanto que se permitió soltar la rabia por un segundo, el mismo que tardó en volver a centrarse sabedor que aquello no solo no había terminado, sino que volvía a empezar en forma de prorroga. Los cenizos no podían reprimir expresar su alegría, aquella que pocos les ven durante la temporada; los hombres de fe por su parte ya se encontraban en labores de guionistas, y veían claro que aquello no podía terminar de otra forma que no fuese con un tercer gol de Michu que diese el pase al Real Oviedo a la siguiente ronda. No fue así, de guiones sabe mucho el oviedista: thrillers, dramas y películas de vaqueros ha vivido muchas estos años, por lo que tocó resignarse, pero con gusto después de ver que lo que parecía iba a ser una lenta adaptación se convirtió en un debut de 120 minutos y dos goles.

No habían llegado todavía los jugadores al túnel, cuando alguien pidió ansioso la cuenta. Bromeó el camarero si tenía que madrugar al día siguiente, y el resto del local se giró participe de la broma para verle mejor.
Era un anciano octogenario, rondaba el metro ochenta, pero su pose le hacía parecer más alto todavía, vestía traje, calvo por la frente y peinado por retaguardia. Las bolsas en los párpados le hacían cerrar ligeramente unos ojos que aún así brillaban, lo que sumado a sus finos labios parecía causar una perpetua mueca de alegría juvenil que se vio acentuada cuando respondió al chigrero:

“Siempre madrugo, me gusta llevar a mis nietos al colegio, pero es que mañana necesito algo más de tiempo, tengo algo que contarles”

Real Oviedo Culture Fans

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